Una iglesia construida por manos fieles
En marzo de 1892, la pequeña comunidad católica de Tres Pinos reunió sus modestos recursos y pagó setenta y cinco dólares por un terreno en el extremo sur del pueblo. No era mucho dinero, ni siquiera en aquel entonces, pero se ofreció con gran amor: el primer pago de un pueblo decidido a levantar una casa para Dios en el corazón del valle de San Benito.
Durante la primavera, el verano y el otoño de aquel año, fueron los propios vecinos quienes construyeron la iglesia. Cortaron y cepillaron largos tablones de pino y roble, y los herreros del lugar forjaron a mano, en sus fraguas, las bisagras, las placas de las puertas y cada herraje de metal. La pequeña iglesia se fue alzando tablón a tablón, clavo a clavo, fruto del trabajo de vecinos que laboraban codo a codo.
Cuando la obra estuvo terminada, allí se alzaba una pequeña iglesia blanca de campo junto a la Airline Highway: humilde, firme y muy querida. Era, en el sentido más verdadero, una parroquia antes de llamarse oficialmente así: una comunidad que había construido su propio santuario con sus propias manos.
